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Juan Pedrero
Juan Pedrero
“Se siente viva, excitada, poderosa; su cuerpo, abrigado por la apasionada mirada de su flautista, se abre al joven poeta, quien la ama con la ignorancia de la juventud y la locura de la poesía.”
[02/04/2002] La mujer del compartimento del tren tiene una edad indescifrable. Atraviesa por aquella etapa femenina donde aún atesora una inquietante gracia, resistiéndose a la pérdida del último brote de sensualidad que la juventud le regaló.

Está triste. La vida la ha expuesto a demasiadas deformaciones y a demasiados horrores. Ya no es lo suficientemente ingenua como para dejarse aturdir por los sentidos.

Esta mujer del tren, a la que me imagino maestra, se ha olvidado de sí misma; ha olvidado su cuerpo; ha olvidado su risa; se ha olvidado de la belleza. (Es el amargo fruto del árbol del olvido.)

Sus movimientos se han desentendido de la inocencia de otro tiempo, aunque sus formas luchan contra el olvido de antiguas caricias, de febriles pasiones, de locas noches de amor, y nos contemplan orgullosas pero tristes. Es un cuerpo atrapado dentro de una mujer y desea salir de su prisión, como desea el cálido pájaro de la casa dorada lanzar a la memoria su último canto de juventud.

La tranquilidad de una mujer mirando por la ventana del solitario compartimento del tren, es quebrada por la estrepitosa entrada de un joven, al que me imagino poeta, que viaja durante sus vacaciones estivales en una desesperada cacería de experiencias.

Acabo de decir que me lo imaginaba joven y poeta; más concretamente en esa paradójica edad masculina en la que sin haber alcanzado la madurez, ya ha dejado de ser un adolescente. También había dicho que era un cazador de experiencias. Así que joven, poeta y cazador: no nos engañemos, realmente nos encontramos ante un aprendiz de mujeriego.

No nos extrañará pues, que haya elegido el solitario compartimento de nuestra triste maestra, y aún menos que desee inmortalizar aquel momento para poder saborear el dulce fruto del recuerdo.

Nuestro joven poeta es como un ejército que marcha por primera vez hacia la batalla, embriagado por el sonido de un flautista que lo dirige. Es un ejército alegre y escandaloso, sediento de aventuras y de gloria, ajeno a las penalidades de la guerra, ajeno a las crueles mutilaciones, ajeno a la misma muerte. Es un ejército orgulloso y altivo, pero también ingenuo e inseguro.

Habíamos dejado al poeta invadiendo ruidosamente el cómodo territorio de la triste maestra. La irregularidad del trazado ferroviario acentúa la torpeza del joven. Un breve saludo sin contestar cierra todo el diálogo y ella desplaza su adormecido cuerpo para adoptar una posición más formal. Su movimiento es pesado, desencantado, desprendido de femineidad. (La femineidad es una carga demasiado pesada para un espíritu tan cansado.)

El joven poeta coloca su liviano equipaje en el estante superior del compartimento y se acomoda frente a aquella mujer que ahora se siente intimidada por su mirada. Él quiere recordarle que posee un cuerpo, pero ella está demasiado agotada para recordar.

Extrae un libro de poemas del interior de su chaqueta y comienza a leer, pero su mirada traiciona la lectura permanentemente, lanzando vertiginosas ráfagas sobre aquella mujer; sobre aquel posible templo de veneración para su memoria.

Ella mira por la ventana. Ya no hay curiosidad. Ya no hay emoción. En sus ojos sólo habita la mirada.

El constante forcejeo entre el vagón y las vías provoca que, ocasional y casi involuntariamente, la pierna del poeta roce la pierna de la maestra. (Es el heroico intento de un cuerpo llamando a otro cuerpo.)

Ella cierra los ojos, desea ignorar al intruso antes de tener que luchar contra su recuerdo y se sumerge en una oscuridad impenetrable, atávica, agónica. Los gritos de su alrededor la aterran, como la aterraban los gritos de su padre. No puede ver nada, sólo la oscuridad. Siente frío, se siente sola, su voz se ha vuelto infantil; es una voz de niña asustada que llama a su madre, engullida por las tinieblas y acosada por voces atormentadas. Inesperadamente, la gélida oscuridad queda humillada por la claridad que brota orgullosa de una puerta que se abre por el dulce sonido de la flauta de un flautista que ha pedido prestado el rostro al joven poeta. La dorada luz del sonido de la flauta transforma el sombrío escenario en un verde y soleado prado, mientras ella, desnuda y alborozada, baila voluptuosa y caprichosamente alrededor de su flautista. Salta y gira dirigida por la calidez de la melodía que endulza su cuerpo. (Es la imagen de un cuerpo retando al tiempo y a la memoria, volando como el cálido pájaro de la casa dorada alrededor del flautista de rostro prestado.)

En este instante de plenitud y de gozo ella despierta precipitadamente y sorprende al poeta mirándola con devoción. Él, aunque descubierto, se mantiene firme en este pulso de miradas. El rostro de la maestra es el mismo, al igual que sus manos, sus piernas y sus caderas; pero ahora, su cuerpo vibra al ritmo de su último vuelo, de su último baile; mientras su alma se resiste a emprender el camino de regreso al sosiego de su vida.

Insisto en que fue ese y no otro instante en el que por la fuerza del destino, el aletear de sus ojos se cruzó con el vértigo de la mirada del poeta y de ello, inexorablemente, se desprendió una nota de emoción.

Se siente viva, excitada, poderosa; su cuerpo, abrigado por la apasionada mirada de su flautista, se abre al joven poeta, quien la ama con la ignorancia de la juventud y la locura de la poesía. Y la música suena fuerte porque muchos y lejanos son los oídos que deben escucharlos.

Después de esta explosión de ignorancia y de locura, el joven poeta queda postrado en el regazo de su amada. Cierra los ojos y escucha el estruendo de la guerra, la angustia de los cañones, la histeria de las balas; se ve corriendo tras una mujer vestida con una toga blanca, que le dirige por un complejo entramado de túneles, perseguidos por los gritos de horror que retumban en las paredes del laberinto. Finalmente llegan al lugar donde habita el silencio y comprueba que aquella mujer de toga blanca ha pedido prestado el rostro a la mujer del tren para susurrarle un mensaje que no sabe interpretar.

Al despertar se encontró solo en el compartimento. Su compañera de viaje ya no estaba. A su memoria no le quedaba más pruebas de lo ocurrido que el gesto de su propio rostro y la letanía de una flauta conduciendo a un ejercito a la aventura.

En este momento el revisor solicita mi billete. Vuelvo a acomodarme en mi asiento y cuando aún flota en mi cabeza la presencia de la maestra y del joven poeta, se abre ante mí la puerta de mi solitario compartimento para que surja una hermosa joven, a la que me imagino artista, quizás pintora.

Como una diosa guerrera me mira desde esos ojos enormes y cándidos, depositados en un rostro pulcro y fresco como el rocío de la mañana, desbordando una vitalidad y una energía que ya me son ajenas. Y aunque ya soy viejo, mi alma todavía abriga el ímpetu de la poesía desfilando por mis venas.

Así, frente a ella y subyugado por su mirada, brota en mi cabeza la dulce melodía de una flauta que conduce a un ejército de poetas a la gloria, para que, una vez más el cálido pájaro de la casa dorada lance a la memoria su último canto de juventud.
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Comentarios
Comentario de - - 22/01/2009 23:46

Comentario de - - 22/01/2009 11:33

Comentario de - - 25/12/2008 04:27

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