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Juan Pedrero
Juan Pedrero
“Pronto descubrí que no había ventanas en la divina mansión, que aquella calidez era sofocante y fui tomando conciencia de mi inaceptable naturaleza”
[07/12/1997] Hoy soñé que era Dios. Afortunadamente desperté porque había muerto.

Las flores inundaban los rincones, y la miseria se retorcía de gozo; la bilis de los ángeles inundaban la sabia de los árboles; las nubes nos escupían veneno y las rocas afilaban su mortal aliento.

Las madres devoraban a sus hijos y sus dientes ensangrentados maldecían su condición y justificaban su detestable hedor.

Mares de semen inundaban las cavidades de las grutas malditas por el sufrimiento y la desdicha; y un grito atroz reventaba los tímpanos de los sacerdotes ofrendantes.

Caminaba sobre el empedrado de las calles, inmerso en una fría oscuridad, los sollozos envolvían el denso aire y la fealdad de los rostros aterraban mi caminar.

Una extraña luz detuvo mi andar; la seguí entre las calles; los charcos de lodo inundaban mis pies, hasta que por fin... una inmensa puerta se abrió ante mí y una impenetrable claridad inundó mis anhelos con una dulce calidez.

Entré en la mansión y encontré un hogar, la casa de Dios, según dijeron aquellos venerables ancianos, que me señalaron como el nuevo Dios, y así disfrute de incontables ofrendas.

Pronto descubrí que no había ventanas en la divina mansión, que aquella calidez era sofocante y fui tomando conciencia de mi inaceptable naturaleza. Recordé aquella agonía, aquellos rostros deformados por el dolor, aquel frío que calaba las entrañas y aquellas voces que clamaban justicia.

No tardaron en sospechar mis ancianos vecinos de mis dudas y me sentí constantemente vigilado.

Una noche, o quizás un día (jamás podría asegurarlo en esa inmensa claridad artificial), aprovechando un descuido de mis guardianes, vestido como un sacerdote, busqué la puerta de la mansión, aquella misma por la que entré aquel día; no la encontré; atravesé pasillos y galerías y lo único que hallé fue una vieja trampilla en el suelo de una sala, que ocupaba el centro de un bosque de columnas de todos los tamaños y estilos.

Tiré de la podrida trampilla y un hedoroso viento ardiente abrasó mi rostro y un coro de horripilantes lamentos asoló mi alma. Rápidamente cerré la trampilla, me apoyé en la columna que tenía a mis espaldas, y furioso y horrorizado surgieron de mis ojos lágrimas de compasión que enardecían aún más las úlceras que ahora poblaban mi rostro, mientras el coro de lamentos humillaba mi condición.

Arrastré mi desolado cuerpo por la sala central de la mansión. Y oí. Mientras oía, oí pasos que se aceleraban hacia mí; murmullos tenebrosos que surgían de las sombras; gritos de persecución.

Corrí hacia la fuente que protagonizaba la cámara, hasta que una infinidad de cuerpos, que surgían de los rincones, me asieron de los tobillos hasta hacerme caer. Aún así, avancé unos metros, conseguí incorporarme sobre la fuente y antes de poder beber la primera gota, miles de punzadas reventaron mis venas, mientras murmuraban un aterrador rezo: "Dios ha muerto, Dios ha muerto...".

Todo se tornó oscuro y desperté sollozante y febril sobre el suelo helado de mi dormitorio. Todos dicen que fue un oscuro sueño, aunque el dolor y el sufrimiento, el escozor del alma y la angustia desenfrenada eran, te lo puedo asegurar, reales. Desde entonces estoy aquí, tranquilo, pero expectante, al abrigo de unas batas blancas, esperando a que vengas a soñarme.


FIN
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Comentarios
Comentario de - - 22/01/2009 23:46

Comentario de - - 22/01/2009 11:33

Comentario de - - 25/12/2008 20:15

Comentario de - - 25/12/2008 04:27

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