[18/11/2001] ¡Lo que es la vida! parece que fue ayer cuando abrí mi primer hostal aquí; una pensión muy modesta con un pequeño salón para comidas. ¡Qué tiempos¡ Nos sobraba ilusión y nos faltaba sentido de la realidad; teníamos tan pocos medios que hasta los clientes tenían que traer sus propias cucarachas.
Fueron años duros; eso sí, endulzados por la ilusión de la prosperidad; pero, como cada anhelo alcanza siempre su ansiada recompensa si se aplica sobre él el suficiente esfuerzo, yo terminé por abrazar mi gran sueño: construir un hotel, un magnífico hotel de treinta habitaciones y dos salones de comidas. Como se pueden imaginar, se trataba de un establecimiento muy modesto, de tan sólo una solitaria estrella, pero con todos los servicios de los grandes hoteles. Además, nuestra cocina empezaba a hacerse famosa en la comarca. A nuestros cansados clientes no les faltaba de nada; hasta las cucarachas las poníamos nosotros.
Las cosas iban de mejor en mejor, y las ampliaciones y reformas se sucedían año tras año, hasta que llegó el gran día en que se colmaron todos mis sueños y se desbordaron todas mis expectativas, convirtiéndonos en un espléndido hotel de cinco estrellas. Ahora todo es lujo y glamour. Entre nuestra adinerada clientela contamos con aristócratas, estrellas de cine y discretos políticos, a los que satisfacemos sobradamente en todas sus ansias de protagonismo y atención. Nuestra carta es de las más exquisitas de Europa; especialmente famoso es nuestro Progrès Noir, un postre consistente en una diminuta galletita crujiente, bañada de chocolate, que deja en el paladar un insinuante rumor a marisco, cuya receta, como ustedes comprenderán, es uno de los secretos mejor guardados de la gastronomía contemporánea.
Al final de mi vida me siento afortunado porque he sido capaz de prosperar sin perjudicar a nadie, sin que nadie sienta dolor al escuchar mi nombre, pero caería en una gran deslealtad si no rindiera una especial mención a mis cucarachas, a esas compañeras de viaje que me han acompañado siempre y que, por exigencias del progreso, han tenido que desalojar sus habitaciones para formar parte de nuestros más deliciosos platos.
FIN